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Nostalgia

Llegó por fin a casa. Soltó las llaves encima de la mesa, dejó la bolsa del supermercado en el suelo y se dispuso a mirar la correspondencia del día, que había cogido del buzón al entrar en el edificio. Sin nervios ni ilusión, eso formaba parte del pasado. Como siempre, le llenaban las manos papeles que irían a la basura sin más dilación: publicidad, facturas ya pagadas, propaganda electoral (otra vez se acercaban elecciones, ¡maldita sea!), promesas que luego los políticos olvidan con una facilidad pasmosa, un anuncio de rebajas en la tienda de muebles de la esquina que parece ser que cierra, una carta… ¿una carta?… ¿quién, a estas alturas, escribe cartas?… será una broma… pero la letra… Dio la vuelta al sobre elegante, de color marfil. Y detrás, en el remitente, apareció el nombre de la persona que le enviaba aquello tan raro en nuestros días. Lourdes. ¿Lourdes? Sí, Lourdes. Y la carta llegaba desde México. ¿Qué le pasará a Lourdes? Si a menudo se enviaban mails. Si hablaban cada día a través de eso que ahora llaman redes sociales, ¡si habían hablado ayer!

A medida que iba pensando esas cosas, se iba tranquilizando. No podía ser que a su amiga del alma le pasara nada malo. Se sentó en su sillón preferido y encendió un cigarrillo. Esto, en ella, indicaba que se disponía a vivir algo placentero. Con la otra mano, acarició el sobre que ahora tenía encima de las rodillas. A través del tacto notó unos hilillos en la trama del papel, casi imperceptibles, pero que delataban el gusto exquisito de quien había escogido aquel sobre para transmitir algo. El gusto inconfundible de Lourdes. Era un placer mirar y remirar su letra elegante, alta, casi palaciega. Sin darse ni cuenta se acercó el sobre a la cara y lo olió. Conservaba aún el olor de la tinta. Le dolía abrirlo, quizás porque necesitamos conservar los milagros intactos.

El cigarrillo ya se había consumido. Lo dejó en el cenicero y buscó su abre-sobres. No lo utilizaba desde hacía años. Nada de lo que recibía se merecía la intervención de aquel objeto precioso con una cabeza de mujer tallada en su parte superior. Inició la operación de abrir el sobre casi con devoción y, con mucho cuidado, sacó su contenido. Era una tarjeta grande, magnífica. A la derecha, unas flores amarillas sobre un lecho de hojas verdes. Lourdes era una magnífica fotógrafa y le encantaba captar con su cámara retazos de una naturaleza divina en la que se sentía plenamente integrada. A la izquierda y sobre fondo negro, unas letras amarillas como las flores querían transmitir un mensaje en forma de poema. Lo leyó despacio, sorbo a sorbo:

Cartas…

Cartas que unen a las personas,

cartas sin olor a tinta,

ni letra que dibuje al que escribe.

No hay ni perfume, ni fragancia,

sólo teclas marcadas por los dedos.

Frías y solitarias cartas,

pero en el fondo letras

que unen a las almas.

Debajo, su firma. La firma de Lourdes. La mujer que le acababa de regalar todo lo que era ella: su exquisita elegancia, su letra que la dibujaba, el olor a tinta que aún conservaba el sobre, el perfume de sus manos que siempre olían a jazmín, su perfume preferido que aún impregnaba la tarjeta que acababa de leer, su permanente adoración a la belleza que captaba con sus fotografías… Y una queja: ¿en qué hemos convertido nuestra comunicación? ¿Vale la pena tanta tecnología si hemos olvidado cosas tan básicas como saber esperar una carta? Hemos perdido el valor de la paciencia. Y el valor de una fragancia. Y las letras ya no nos dibujan, qué pena. ¿Seremos capaces de recuperar esas cosas tan hermosas? ¿Está perdiendo el ser humano partes importantísimas de su esencia? Ahora todo es inmediato. ¿Y nosotros? ¿Cómo de inmediatos queremos ser? No lo sé, Lourdes, no lo sé… Pero gracias infinitas por hacerme pensar en ello.

Poema: María de Lourdes Maqueo

Texto en prosa: Montserrat Cornelles

Fotografía: María de Lourdes Maqueo

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